Por Oscar Paz.
El cielo gris cubre la capital. El camino a Santa Clara se hace extenso debido a la congestión vehicular. El colegio San Alfonso es escenario de una prueba de jugadores organizada por un club provinciano que participa en la primera división de nuestro balompié.
Decenas de
jóvenes ilusionados y a la vez nerviosos esperaban alrededor del campo de
juego. En una pequeña tribuna, un empresario cerraba el pase de un futbolista
peruano a un club del extranjero. Pasaban los minutos y ningún representante
del club se hacía presente.
El
entrenador del equipo principal hizo su aparición y el primer partido empezó,
sin embargo a los 5 minutos de juego el DT se esfumó. La desorganización
terminó por sacarlo de sus casillas y en el estacionamiento sostuvo una
acalorada discusión con el presidente del club. Luego de 10 minutos el
entrenador se subió a su camioneta y se retiró del colegio.
El
preparador físico asumió la dirección de las pruebas, mientras los 22 jóvenes
dejaban todo en la cancha con el objetivo de convencer a un entrenador que ya no estaba
presente. Faltaban chalecos, no había médico y la noche anunciaba su llegada.
Se inició el segundo partido pero a los
25 minutos fue suspendido porque la luz natural ya se había marchado.
Al final los
jóvenes se acercaron donde el preparador físico para conocer los resultado, sin
embargo no hubo respuesta. Todos se marcharon abatidos, cabizbajos y
aplanados pues su ilusión había sido destruida.
Ser testigo
de la improvisación y la desorganización
en alta definición es desagradable. Seguimos haciendo todo mal. Una cosa es
manejar terrenos, chacras y otra cosa es manejar un club de fútbol y lo más
triste es que los “dirigentes” se aferran al cargo y no permiten la llega de la
capacidad. Recordando el viejo refrán
“el perro del hortelano, ni come ni deja
comer” tengo que comunicarles que el perro se transformó en humano, se puso
saco y corbata y nació el dirigente del hortelano, que no pone ni deja poner.

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